domingo, 21 de abril de 2019

Frío

Hoy he entrado por casualidad en una de mis antiguas entradas. He visto la introducción que solía poner o épilogos... dejémoslo en comentarios sin más jajaja Total, que he pensado en intentar recuperar esa tradición. A ver si me animo a ello. 

Sé que últimamente mi frecuencia ha bajado, se debe principalmente a que mi inspiración para escribir también se ha reducido, pero... también es algo a lo que estoy intentando poner remedio, a ver si esto de los comentarios me sirve como acicate. 

Ya os dejo con el relato corto, nos leemos :)




Frío

Era uno de esos inviernos bien fríos. Que convierte los charcos en hielo. En que uno se aferra al vaso de leche caliente del desayuno para calentarse las manos.

Al chico le esperaba un buen trecho por delante. El colegio no estaba cerca. Con la mochila a la espalda y el paso presuroso hacía el camino de cada día, mientras su aliento se convertía en vaho.

Pero un bien día de ese invierno conoció a alguien. A mitad camino había un perrito de color blanco, con pelo corto y rizado. De hocico húmedo y mirada triste. El chico lo saludó frotándole la cabeza, el lomo y dedicándole unas palabras. Pero no se podía entretener o haría tarde. Y lo de las obligaciones lo tenía bien aprendido. 

Al día siguiente lo vio de nuevo. Sin duda que ambos habían hecho un buen amigo, pues los dos parecían alegrarse del reencuentro. Seguro que las mañanas a partir de ahora iban a ser más alegres, hasta podría salir antes de casa para entretenerse con poco más. Mañana le llevaría unas galletas.

Fue dos o tres días después, cuando el amigo perruno no apareció. Le había traído las galletas como siempre. Lo buscó. Quizá se había despistado con la hora o quizá se encontrara mal. Lo encontró debajo de un coche. Ahí debía de refugiarse en las frías noches de invierno – Perrito, perrito sal – El chico metió medio cuerpo debajo del coche, como cuando se le quedaba atascado el balón. Tocó la pata del perro, la levantó. Pero… El perrito ya no estaba entre los vivos. Aquello fue un shock para el chico, al que se le quebró algo en su interior. Y aquel invierno… se volvió aún más frío.

18/09/2018

Fuente imagen: http://galeriadecharcos.blogspot.com/

domingo, 31 de marzo de 2019

A lomos de Silver



El chico, a lomos de su bicicleta, pero esta vez no iba solo, sino con un amigo. Uno de esos que es un buenazo, aunque de bueno, quizá con no demasiadas luces.

Iba a enseñarle un rincón secreto. Uno que ya había explorado en varias ocasiones. Unos árboles, las vías del tren… ¿Podía haber algo mejor?

El amigo poco debía de haber salido, pues no se le ocurrió otra cosa que circular por la izquierda en plena travesía. Ganándose así los pitos de algunos coches - ¿Ves porqué no se va por la izquierda? Te vas a matar – Le sermoneó el chico, pero sonrió al pensar que seguro que había aprendido la lección, a veces no hay nada mejor que tener un susto para acordarse de algo para siempre.

Llegaron al destino - ¡Qué! ¿Ponemos unas monedas en las vías? Cuando pase el tren quedarán más chafadas que un papel.

Estaban en eso cuando un hombre cruzó en dirección a los chicos - ¡Eh! ¡Qué hacéis aquí!

El buenazo se asustó y dio media vuelta para salir huyendo. 

El chico le dijo - ¿Pero dónde vas? Si no hemos echo nada malo – Mensaje no solo para él sino también para el hombre que irrumpió de forma brusca.

El hombre agarró la bici del buenazo impidiendo su huida, pero asustándolo aún más - ¡¿No habéis cruzado y estabais por delante de mi casa?! - Seguía con aire intimidatorio.

El chico no dudó en plantar cara al hombre y a la peliaguda situación diciendo - ¿Acaso hay huellas de nuestras bicis al otro lado? Nosotros no hemos cruzado.

Quizá por la seguridad de este, o porque simplemente ya había conseguido su propósito, el hombre desistió. Soltó la bici del buenazo y ahí terminó el asunto. 

Los chicos regresaron, seguramente un poco cabizbajos. El chico no le dio ninguna importancia a su actuación. En clase se solían meterse con él. No era una alguien listo, ni valiente, ni seguro de si mismo. O de eso… de eso lo trataban de convencer.

18/06/2018

domingo, 10 de marzo de 2019

Pasillo solitario



Otra vez frío en el hospital. Solo los hospitales son capaces de producir ese frío glaciar en el cuerpo de uno. 

Se sentía culpable. Siempre había sentido aprensión por la sangre, a la sangre cuando no duele. Como dice Stephen King: “ese olor dulzón y metálico” es una descripción perfecta. 

Al menos lo había intentado con todas sus fuerzas, había estado allí y no solo para ayudar, que también, sino para ser testigo de aquel momento. Pero en cuando la sangre comenzó a fluir no tuvo más remedio que salir para no causar más problemas de los necesarios. Y así lo hizo, al menos calculó bien hasta donde podía llegar y salió por su propio pie.

Ahora le carcomía la conciencia, en aquel solitario pasillo en el hospital. Hasta que llegó aquel lloro. Su cuerpo se tensó ¿Si? ¿No? ¿Por qué no vienen? ¿Es el suyo? Se abre la puerta, vienen a por él. Si, ha nacido su hija.

09/09/2018

domingo, 24 de febrero de 2019

Helado de fresa y nata



No teníamos móvil, ni tablet, ni consolas. Nunca nos negábamos, cuando los padres nos decían de ir a algún sitio a pasar el domingo. 

Nos hicimos exploradores. Seguir una acequia, un camino, un riachuelo, era un divertido entretenimiento. 

Nos hicimos experimentadores de la naturaleza. Hormigas, lombrices, ranas, cangrejos... 

Jugábamos con la arena, la tierra, el agua, la hierba, las ramas, los árboles. Y si además había un balón, una baraja de cartas o una cuerda; había entretenimiento para horas. 

Estimulábamos la imaginación al máximo, era fácil crearse alrededor un mundo de fantasía y jugar a ser detectives, espías, polis o cacos, superhéroes... Y se aprovechaba todo lo comentado anteriormente.

Un cómic era un tesoro. Tener paciencia para leer un buen libro, era cosa fácil. Admiramos las cosas con profundidad, atesorando los detalles. Quizá por eso, cuando después de unas cuantas horas jugando a nuestras cosas, había la suerte de que pasaba aquel señor al grito de “el polero”, y caía en nuestras manos un corte de helado de fresa y nada... estábamos en el cielo.

06/08/2018

domingo, 20 de enero de 2019

La isla



Había perdido unos cuantos quilos, le había crecido la barba y se sentía débil. Desde que había llegado a la isla apenas había comido. Al menos había podido beber, pero el cuerpo necesita también de lo sólido.

Observó una vez más aquello que tenía en la mano. Tenía entendido que los antiguos usaban las conchas como herramienta, pero era la substancia gelatinosa que albergaba lo que reclamaba toda su atención. Le proporcionaría las deseadas proteínas, pero su aspecto era sencillamente repugnante.

Suspiró, estaba reuniendo todo su empeño. Miró a su alrededor y paró al que pasaba por su lado, cual fugaz meteoro – Oiga camarero ¿Acaso en Ibiza no tienen un poco de jugo de limón al menos? ¡Ah! Y tráigame algo para la resaca.

05/08/2018

domingo, 23 de diciembre de 2018

La escena del crimen




De Joe no me esperaba esto. Cuando regresé del aseo me encontré a Smith, que seguía atado a la silla, con la corbata alrededor de su cuello. Por la postura tan antinatural de su cabeza, sabía que estaba muerto. 

Maldito Joe, para una vez que le otorgo la confianza de vigilarlo... Él, por supuesto se había largado. 

No es que la vida de Smith me importara un pimiento, pero era el único que nos podía decir donde se encontraba la chica. Las tormentas de sospechas acecharon mi mente. ¿Y si se lo había confesado? O peor aún ¿Y si Joe estaba implicado? ¡Maldito Joe!

Comencé a registrar el cadáver en busca que cualquier pista: unos pocos billetes, un mechero y de pronto, la solución a todas mis preguntas. Un paquete de cigarrillos Red Apple ¡Estábamos en una película de Tarantino!

22/07/2018

Fuente imagen: http://www.noticias.com/fotos/secuestro-45517.html

¡Felices fiestas a todos!

domingo, 25 de noviembre de 2018

Panacea


Gracias a la investigación de las células madre descubrieron la píldora de la eterna juventud. El mecanismo que conseguía ralentizar el envejecimiento de nuestras células, y por lo tanto, alargar la vida del ser humano a casi el doble de lo normal. Una vez el medicamento pasó los pertinentes controles sanitarios, la pastilla comenzó a venderse como rosquillas. 

La natalidad descendió aún más, pues no había prisa en ser padre o madre y la longevidad no tardó en desestabilizar el sistema de pensiones. Los gobiernos trataron de buscar soluciones. Retrasar la edad de la jubilación y la más controvertida: la obligación de tener descendencia. Si querías cobrar tu prestación debías de mantener al menos un niño hasta la edad adulta.

Por supuesto, como suele ocurrir en estos casos, la pastilla no llegó a los países del tercer mundo, y no tardaron en crearse mafias que secuestraban niños para venderlos a los ricos del primer mundo y que así pudiesen acceder a su paga.

No tardaron en aparecer modificaciones en el código genético, modificaciones que en circunstancias normales causarían cáncer o la muerte, pero que no eran problemáticas por el uso de la pastilla. Pero estas modificaciones al ser genéticas pasaban a los hijos, que demasiado pequeños para tolerar el revolucionario medicamento morían sin que se pudiese evitar.

Lo que había llegado como la panacea, provocó la extinción del ser humano en la mayoría de los países ricos. 

21/06/2018