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Implicación emocional

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  A veces puede ser tan dañina la ausencia de empatía como el exceso de implicación emocional. Puede venir de algo que nos ha ocurrido, de algo que nos han contado o incluso de algo que solo hemos imaginado. En ocasiones caemos en ese agujero en el que algo —en teoría— poco importante duele. Nos afecta. Nos remueve. Una herida que se abre como si fuese real. Y en nuestro interior, lo es. No deberíamos sentirnos culpables por ello, ni tampoco culpar a los demás cuando no hay mala intención. Está bien escucharnos. Está bien expresar lo que sentimos, si podemos hacerlo con alguien de confianza. Y también escribirlo. A veces incluso basta con imaginar que lo escribimos o que se lo contamos a alguien. Nuestro interior es una maravilla: nos permite expresar y cerrar capítulos. Si algo es serio, pedir ayuda. Si algo se enquista, ponerle remedio. Aunque dé miedo, porque muchas veces la peor solución es no hacer nada. Y si la solución no está en nuestra mano, al menos abrazarnos y t...

Uniendo los puntos

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Como en aquel famoso discurso de Steve Jobs, los logros rara vez son el resultado de una única acción aislada. Suelen ser la consecuencia de muchas pequeñas cosas que se van encadenando, casi siempre invisibles mientras suceden. A veces solo podemos apreciarlo cuando miramos atrás y observamos todo lo que tuvo que ocurrir para llegar a donde estamos hoy. Desde muy joven quise escribir una novela, pero no sabía por dónde empezar. En mi cabeza, el reto era enorme, una montaña demasiado empinada como para siquiera intentar escalarla. Lo curioso es que, casi sin darme cuenta, ya estaba entrenando para ello. Siempre se me dio bien expresar lo que sentía, poner en palabras emociones e ideas. Fue así como descubrí en clase que la poesía no se me daba mal. Empecé a escribir versos y, durante una etapa importante de mi vida, la poesía cumplió una función esencial: ayudarme a ordenar el caos, a liberar lo que dolía, a exorcizar mis propios demonios. Aun así, la novela seguía ahí, como un eco. Y ...