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Imágenes en sepia

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La calle terminaba. Luego un camino de tierra, algunas acequias, unos campos de naranjos descuidados y llenos de matorrales. Un día de lluvia intentamos construir una cabaña con un plástico y unas maderas. Sentarse a escuchar el golpear de la lluvia era lo más. Aunque de todos modos uno terminase empapado. Un perro vagabundo se convertía en tu mejor amigo. Solo había que llevarle unas galletas o las sobras de la comida y tenías fidelidad para siempre. Bautizamos al perro. Y uno ya de chico, aprende que los animales vagabundos no duran mucho. Especulábamos con las historias. Con que por aquella zona se ocultaba un malvado criminal. Encendíamos fogatas y le echábamos cosas, como botes de insecticida. Era una de la travesuras temerarias favoritas. Pero era suficiente con unas canicas o un trozo de yeso para rallar en el suelo. Unas monedas. Llenar un bote de arena. Seguir una acequia a ver donde te llevaba. Y el colmo ya era disponer de un balón de plástico. Ni siquiera hacía ...

Hoy tempestad

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El color del cielo era espectacular. Variaba del azul oscuro al púrpura intenso. Las nubes se elevaban impresionantes, como enormes macizos rocosos. El silencio se hizo, animales y personas parecieron callar ¿Acaso escuchaban?. Y a lo lejos, poco a poco comienzan a sonar los primeros truenos. Rugidos de dragón más bien parecían. La brisa se fue levantando. Las primeras hojas a volar como tratando de huir ya. Los truenos en aumento. La campana del porche comenzó a sonar. Algún campesino se afana a regresar a su casa, conocedor por su experiencia de lo que está por suceder. Al fin y al cabo, se dice que los agricultores son los mejores meteorólogos. El día se convierte en noche en pocos minutos, el aire cambia a fresco y aumenta su intensidad. Los truenos están ya cerca. Caen las primeras gotas. No se trata de una lluvia fina. Sino pocos y grandes goterones, como si estuviese a punto de abrirse el grifo de los cielos. Un rayo impacta en el suelo, los caballos dan coces, el vie...

Muñeca de porcelana

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Pegó su rostro al cristal. Allí estaba esa muñeca de porcelana que tanto deseaba. La que le había pedido a su madre en repetidas ocasiones. Pero que siempre le daba alguna excusa para no comprarla. Todas las que había tenido hasta ahora eran de trapo, remendadas una y mil veces. Les tenía cariño, pero si conseguía aquella muñeca del escaparate sería "la mamá" de todas las muñecas. Y ella, la niña más feliz del barrio. Pasaban las estaciones y la muñeca seguía allí. Pero la suerte no dura para siempre y un buen día la muñeca desapareció del escaparate. Se dio cuenta entonces, que haber podido visitarla, casi la había convertido en suya. Y ahora… volvió llorando a su casa. Tal era el desconsuelo que su madre le preguntó que le pasaba. La niña le contó el motivo. Apenas cenó, no tenía hambre y la llorera prosiguió hasta la hora de irse a la cama y más allá, robándole horas al sueño.  Ni la madre podía dormir. Encendió la luz de la habitación de su hija  - Pero cielo…...

Esfuerzo

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El viento silbaba al contacto con los árboles y la roca, mientras gotas de sudor perlaban su frente. Su rostro estaba fruncido por el esfuerzo, pero por dentro estaba feliz. Una vez más lo estaba logrando. ¡Estaba alcanzando la cima! Había que ir con cuidado.  Mano, mano, pie, pie, mano, mano… Y la pesada carga a la espalda. Se respiraba tan bien aquí. Los logros, los retos. Se secó el sudor con la manga de la camisa, no podía permitirse que se le enturbiara la visión. Una piedra más, una roca más… Ya casi, ya casi… Había sido duro, pero estar tan cerca le despeja a uno la mente. ¿Qué es la vida sino superar cada  uno de los retos? Paró, necesitaba tomar aire. Primero aire, luego agua. Es lo que le pide el cuerpo. Dosificar las energías, sin prisa pero sin pausa. Hay que seguir, hay que seguir. Ahí adelante parece haber... ¿Se acaba? ¿Es el collado? A partir de ahí será pan comido. La carga, no se le olvida la carga, sigue el ascenso. Solo queda la parte final...

Tesoro

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El niño jugaba con la pequeña pala de plástico hasta que topó con algo duro. Supo de inmediato que no se trataba de una piedra, el sonido fue metálico. Intrigado, cavó en la tierra alrededor de aquel objeto. Intentó tirar de él, pero o era muy pesado o seguía muy enterrado. Finalmente cuando tres cuartas partes estaban al aire, se movió. Era una caja rectangular, plateada, como un pequeño cofre de unos treinta centímetros. Miró en dirección a la cocina ¿Debía de decírselo a mamá? Arrugó el ceño y decidió que no. Al fin y al cabo, los piratas cuando encuentran un tesoro ¿Se lo dicen a sus madres? Abrió una pestaña, la movió en una dirección… nada. La movió en la otra… “Dump” la tapa se abrió ligeramente. Sus dedos volaron a abrirla de par en par. Vaya, no había monedas de oro. Pero no estaba vacía. Había una cajita de madera y una nota escrita. El niño estaba aún aprendiendo a leer y la nota parecía complicada. Pero al ver lo que ponía al final, abrió los ojos como platos. Ag...

Un día de furia

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Sucedió todo muy rápido. Con las prisas a la entrada de la boca del metro, un leve empujón producido por la masificación de gente y el poco espacio. Todos quieren pasar con rapidez para no perder el metro. - ¡Oye mira por donde andas! - Protestó la chica - Lo siento, las prisas… - respondió él con ganas de desaparecer de allí cuanto antes. - ¡Cabrón! - Ella no había tenido suficiente y necesitaba desfogarse - ¡¿Perdona?! - Se detiene el el seco y se encara a ella – El insulto sobra ¿Vale? Te puedo denunciar por eso… La chica tenía ganas de guerra – ¡¿Ah si?! ¿Y lo vas a hacer? No tienes cojones – Le espeta. Él se pone hecho una furia, sabe que pegar a parte de que está mal, sería un grave error. La agarra del brazo y se la lleva consigo. Unos metros más allá había visto un agente – Disculpe, quiero denunciarla me ha insultado. La chica se pone a llorar desconsolada – Me ha… me ha tocado una teta… Yo estaba tan tranquila y me toco… - dice entre pucheros. Él se pone b...

Navidad

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Era uno de los mejores días del año. El día en el que te daban los regalos y podías ver a los primos, a los tíos y a los abuelos. En toda la casa aquel delicioso olor. Y es que como el puchero de la yaya no había ninguno. Los mayores preparaban la mesa. Y los niños nos enseñábamos los regalos. Una vez jugamos a las carreras de coches, otra vez nos pusimos a examinar cosas en un microscópio… También había que hacerle un poco de caso al yayo, que el pobre padecía parálisis desde que sufrió años atrás una trombosis. Solo había que mirarle a los ojos para saber que comprendía lo que ocurría a su alrededor, aunque nosotros no siempre podíamos entender sus palabras. Tocaba la comida, abundante y riquísima, con las nueces y turrones de postre. Todo amenizado con la película de turno de regreso al futuro. Con charlas y aún más, pues faltaba las estrenas. No diré que no daban una buena alegría. Pero si que ahora sé, que eso es lo de menos. Cuanto extraño aquel día de navidad, con sus ri...